de ser degradada en la universidad a ganar el Nobel de Medicina

El mundo entero aplaude hoy a Katalin Karivó (1955, Hungría) tras ser nombrada, junto a Drew Weisseman (1959, Estados Unidos), como ganadora del Premio Nobel de Medicina 2023 por el desarrollo de la tecnología que permitió crear en tiempo record una primera generación de vacunas contra el covid-19. Pero lo que mucha gente no sabe es que, antes de llegar a este punto, Karikó estuvo trabajando durante décadas en las sombras, siendo rechazada una y otra vez en innumerables convocatorias de becas y subvenciones y hasta sufriendo el rechazo de una comunidad científica que, en su momento, creía que sus investigaciones jamás llegarían a nada. Ahora, la historia de esta bioquímica no solo es un referente en la ciencia sino que, además, se ha convertido en un verdadero ejemplo de superación.

Trabajó en la sombra, fue ninguneada, rechazada y degradada por la comunidad científica

«Hace diez años fui despedida y degradada de mi puesto en la universidad y hoy recibo el Nobel por mis trabajos», comenta emocionada Karikó tras una carrera marcada por rechazos y desafíos que culmina, ahora, coronándola como la decimotercera mujer en conseguir el galardón de la categoría de Medicina. 

Inicios humildes

Hija de un carnicero y de una bibliotecaria, Karikó nació en una pequeña ciudad húngara en el seno de una familia muy humilde y trabajadora. «En casa no teníamos ni agua corriente ni frigorífico ni televisión», explica la bioquímica en una entrevista con la reportera Gina Kolata en el diario estadounidense ‘The New York Times’. «Mi interés por la ciencia empezó viendo cómo mi padre diseccionaba a los animales en su carnicería. Después, tuve la suerte de que en mi colegio había unas magníficas profesoras que me contagiaron aun más el amor por la ciencia que me ha acompañado a lo largo de mi vida», comenta esta bioquímica sobre sus inicios.

Karikó estaba en el instituto cuando oyó hablar por primera vez sobre el descubrimiento de una «molécula revolucionaria» con un potencial prácticamente infinito: el ARNm, un pequeño ‘mensajero’ capaz de transmitir información entre el ADN y las células. En la universidad siguió con entusiasmo los avances en el estudio de esta molécula y, al terminar sus estudios, decidió centrar su trabajo en intentar entender cómo producirla y, sobre todo, cómo utilizarla para aplicaciones terapéuticas.

«Seguí intentándolo. No quería que los rechazos me definieran ni a mí ni a mi trabajo»

Pese a su entusiasmo en el laboratorio, su trabajo pronto se quedó sin fondos y Karikó tuvo que abandonar su Hungría natal para buscar más oportunidades en Estados Unidos. «Fue una decisión difícil, pero seguí mi instinto porque sabía que mi trabajo algún día podría salvar vidas», explica la científica en el podcast ‘The daily’.

Innumerables rechazos

Ya en Estados Unidos, Karikó siguió desarrollando sus investigaciones en la Universidad de Philadephia. Pero justo cuando sus experimentos ‘in vitro’ empezaron a funcionar, su trabajo volvió a quedarse sin fondos. Entonces tuvo que compaginar su trabajo en el laboratorio con una verdadera odisea burocrática para conseguir fondos. «Recuerdo que una vez pasé la noche de fin de año trabajando en una propuesta de beca«, dice. En esa ocasión, explica, postuló para una beca que contaba con seis plazas. «Ese año solo se presentaron siete propuestas y la mía fue la única que fue rechazada«, rememora.

La vida de Karikó sufrió, por aquel entonces, varios reveses. Debido a la falta de fondos y al rechazo institucional, la científica no solo fue expulsada de un laboratorio sino que, además, fue degradada de su puesto en la universidad. Por aquella época, la investigadora se vio incluso obligada a vender su coche para poder llegar a fin de mes. «Aun así, seguí intentándolo. No quería que los rechazos me definieran ni a mí ni a mi trabajo», comenta.

Logro científico

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Su vida cambió cuando, de pura casualidad, un día coincidió con Drew Weisseman en una fotocopiadora de la universidad. Fue ahí donde estos científicos, ahora galardonados con el Nobel, se conocieron y decidieron empezar a colaborar para seguir estudiando el uso terapéutico de esta molécula. En 2005, tras muchos esfuerzos, ambos científicos consiguieron publicar un artículo con todos los prometedores avances que habían conseguido hasta el momento. Más tarde decidieron fundar su propia compañía biomédica para seguir investigando en la cuestión y, finalmente, la patente de sus descubrimientos acabó en manos de las farmacéuticas Pfizer y Moderna.

Karikó y Weissman estuvieron años testando con éxito la aplicación del ARNm en vacunas contra, por ejemplo, la gripe. Pero no fue hasta principios de 2020 que, tras las primeras noticias sobre la explosión de casos de covid-19 en China, se dieron cuenta de la importancia de «acelerar» sus trabajos y diseñar una fórmula específica contra este virus emergente. El trabajo de estos científicos permitió desarrollar en tiempo récord la primera generación de vacunas contra el covid-19 y, según explican entusiasmados desde el comité del Nobel, «a hacer frente a una de las mayores amenazas a la salud humana en los tiempos modernos».