«Este debe ser el lugar en la Tierra más parecido al infierno»

Dice que recién ahora puede ponerse de pie y hablar, después de haberse enfermado gravemente por una intoxicación con agua en mal estado. Estuvo deshidratado, perdió ocho kilos en una semana y el malestar repercutió en riñones y pulmones. «Sentí por primera vez en mi vida que me estaba muriendo, estuve ahí en las puertas de la muerte, y lo peor es que sentía que en este lugar me estaban dejando morir, sensación que es terrible notarla. En el hospital no me querían ver y yo estaba con fiebre altísima, vomitando sin parar, con dolores de cabeza, panza, nuca y con calambres estando acostado».

Liam Portillo (25), de Ciudad Evita, donde trabajaba como docente y asistía a niños carenciados, habla con Clarín desde Etiopía, donde se encuentra detenido desde hace seis meses en Kaliti, un penal de máxima seguridad en las afueras de Addis Abeba, la capital. «Por suerte vino la gente de la Embajada argentina que hizo mucho esfuerzo para que me viera un médico y me medicara… Pero no querían dejar que me revisara, ni que me tocara y encima se me cagaban de risa en la cara y yo sufriendo porque casi no podía respirar».

Está preso porque se le encontró cocaína en su equipaje cuando estaba a punto de abordar un avión rumbo a Malasia. «Me utilizaron como mula y yo desconocía qué llevaba, sólo me dieron una valija que se abría con una combinación que yo desconocía», recuerda aquella pesadilla vivida en abril.

«Es una víctima inocente de una red de trata, cuya cúpula fue descabezada en Buenos Aires, y en la que se lo utilizó a Portillo y a otros argentinos para trasladar estupefacientes de un país a otro», afirma Juan Villanueva, el abogado que trabaja desde Argentina.

«Para la Procunar (Procuraduría de Narcocriminalidad) y para la Justicia argentina, Liam Portillo es inocente, está documentado y esa documentación se está traduciendo al amárico (idioma de Etiopía) para hacerla llegar a los tribunales de Etiopía. Para lograr que arrancara el juicio, Liam debió pedirle perdón al Estado, más allá de su inocencia«, cuenta.

El 24 de octubre es una fecha clave para el futuro de Liam, ya que de esa audiencia dependerá si regresa a la Argentina antes de fin de año o deberá permanecer más tiempo encerrado.

«Será un alegato de clausura y deberá exponer ante el tribunal. Es importante que para esa fecha se conozcan el procesamiento y la culpabilidad de las personas que lo contrataron, y a la vez dar a conocer allí, como está demostrado en la Argentina, que Portillo y otro compañero argentino fueron víctimas de un engaño, ya que no tenían intención de traficar cocaína».

«Peleo por un plato de arroz»

Liam está detenido en un país africano que tiene su calendario propio y allí transcurre el año 2016 porque su calendario tiene 13 meses en lugar de 12. «Yo sobrevivo el día a día, mucho no puedo proyectar. Acá dentro hay mucha hostilidad, la policía, los guardia cárceles son muy jodidos y te tratan mal todo el tiempo. El abuso de poder es una constante de la que terminás habituándote. Y por ser extranjero, todavía se complica más, porque hablan inglés muy poco y mal y la comunicación es casi nula».

«Ha mucha hostilidad en el día a día, los policías son animales y nos tratan como animales», describe Liam Portillo desde Etiopía.

El diálogo con Portillo es vía Instagram. Dice que tiene un teléfono que consiguió y es su tesoro más preciado, recientemente adquirido, después de perder el anterior en una feroz requisa. Se comunica cuando puede con su familia y amigos. «Es mi vía de escape, es como estar un ratito en Buenos Aires... No veo la hora de estar allí», desea, pero vuelve rápido a su realidad. «A las seis de la tarde nos encierran y las puertas de la celda vuelven a abrirse a las seis de la mañana».

Como si nada, hace saber cómo son sus relaciones humanas. «Esto es una selva, pero hay que ser inteligente, estratega y negociar todo para subsistir. Esta cárcel debe ser el lugar en la Tierra más parecido al infierno… Somos animales y nos tratan peor, pero los policías también lo son. La corrupción está a flor de piel, todo es tramposo, fuera de la ley, el que roba no es castigado y así hay que salir adelante. Es decir que el que tiene plata la pasa mejor, toma agua potable, consigue privilegios, al resto nos dan mierda, nos escupen la comida».

A veces lo abruman las reacciones de los guardias y es castigado por cosas que no tienen nada que ver con él. «Hay una guerra interna entre etíopes y eritreos… qué sé yo qué quilombo, pero cobramos todos. Hace unos días me rompieron todas mis cosas, todas, ¿con qué necesidad? Son unos muertos de hambre, yo los odio. La cana se encarga de que te explote la cabeza. Siento una impotencia».

Se lo escucha entero, sin embargo, pese a su cuadro de salud y a su entorno. «Estoy relativamente bien, podría estar mucho peor. Acá la clave es soportar y soportar, entonces me desafío a no dejarme vencer… A veces, te juro, creo que no doy más, quiero tirar la toalla, no veo salidas posibles, cercanas. Pero pienso en mi vieja, en mi familia y recupero energías y siento que tengo que subsistir como sea«, le dice a Clarín vía telefónica.

Admite que muchas veces pensó que no lo soportaría. «Esto no tenía nada que ver con mi realidad, yo laburaba, estudiaba, imaginate estar encerrado y a miles de kilómetros de tu casa. Pero me ayudó el amor de tanta gente que me hace llegar sus sentimientos de distintas maneras… Mis seres queridos están pendientes y todo suma para adquirir fuerzas. A mí me salvó todo ese amor. ¿Sabés la gente que me está esperando? Sólo con pensar en eso… es un alegrón. Me enteré que han hecho cadenas de oración, hay gente orando por mí… es muy fuerte».

«Cuando digo que tengo que ser inteligente es porque, cuando estuve enfermo, por ejemplo, me ayudaron el narcotraficante, el asesino, el violín, el terrorista..,¿entendés?. ‘¿Necesitas comida, necesitás agua, querés que te ayudemos con medicamentos?’. Eso ayuda, levanta el ánimo, pero al día siguiente te agarrás a trompadas porque te afanan el plato de arroz».

Dice que con el tema comida queda al descubierto «la inhumanidad del hombre. Algo tan simple como un plato de arroz, ¿entendés? Y la cuenta es sencilla. Somos 500 presos en este penal y dan arroz para 300. Y a los extranjeros nos dan menos, nos dejan para el final y a veces ni nos dan. Con suerte comés dos veces por día, arroz siempre, de lunes a lunes…Pero si te cagan con la ración, la tenés que pudrir para comer y ahí aparecen las peleas, que son honestas, el tema es que si yo me agarro a trompadas, desde el vamos tengo una desventaja por el peso y la altura».

Trata de no mencionarla, pero está obsesionado con la audiencia del día 24 de octubre, que definirá su futuro. «Es una gran incertidumbre lo que puede pasar, me tiene muy loco… Yo espero que salga todo bien, porque de lo contrario me voy a volver loco. Si me llegan a dar una condena no creo poder soportarlo. Cuando me agarra esa onda bajón, el día a día me resulta insostenible, siento que no voy a poder».