Miguel Diomede, astro de la bohemia boquense

Quedan pocos días para visitar la que, sin exagerar, podría ser considerada una de las exposiciones del año en Buenos Aires: Miguel Diomede. Desmaterializar la pintura, presenta en el Museo Benito Quinquela Martín (MBQM) de La Boca una muestra antológica dedicada a uno de los auténticos astros de la plástica argentina. Cuesta entender que un acontecimiento semejante pueda pasar casi inadvertido en el agitado calendario cultural porteño. Pero en cierto modo es bastante coherente con el bajo perfil que supo cultivar el artista durante toda su vida, silencioso como su propia pincelada, apenas susurrada sobre la tela, siempre a punto de evaporarse ante la mirada del espectador.

Está claro que a Diomede (Buenos Aires, 1902-1974) nunca le gustó llamar mucho la atención. Lejos de la popularidad de otros creadores de La Boca, con el paso de los años su figura se fue acercando cada vez más a la categoría de Artista de Culto, con un prestigio incuestionable pero un reconocimiento algo esquivo.

Autorretrato, 1968, óleo sobre cartón entelado, 55,5 x 47.

Es llamativo, por ejemplo, el texto que firmaba Jorge Romero Brest al presentar su primera exposición retrospectiva en el Museo Nacional de Bellas Artes, en 1958. Era tal vez un momento cumbre en la carrera de Diomede, después de haber sido premiado en el Salón Nacional y en otros ámbitos oficiales, pero el entonces director del MNBA debe aclarar: “Su obra no es tan apreciada como merece. Alejada como está de la vorágine polémica, amenaza perderse en el anonimato, por lo menos para el público en general”.

Más de 20 años después de la última retrospectiva dedicada a Diomede, que tuvo lugar en el Centro Cultural Recoleta en 2001, es ahora el Museo de Bellas Artes de La Boca quien toma la posta y suma un nuevo espaldarazo institucional a los intentos de difundir la obra de un pintor incomparable. La muestra, curada por Yamila Valeiras, forma parte de un proyecto del MBQM destinado a homenajear a las máximas figuras de la pintura boquense, que comenzó en 2008 con una exhibición de Eugenio Daneri y luego ofreció antológicas de Fortunato Lacámera, Miguel Victorica, Marcos Tiglio, Alfredo Lazzari y Santiago Stagnaro. Quizás Diomede sea el menos boquense de todos en cuanto a sus temas y su poética personal, pero su vínculo con el barrio que lo vio nacer es indiscutible.

Duraznos, óleo sobre cartón entelado, 27x18.Duraznos, óleo sobre cartón entelado, 27×18.

De origen humilde, hijo de inmigrantes provenientes de Bari, fue uno de los tantos artistas autodidactas de La Boca (como el propio Quinquela) que debieron iniciarse en la pintura en las horas que restaban a su jornada laboral. Con un paso fugaz por la Academia Nacional de Bellas Artes, Diomede encontró refugio en instituciones del barrio como el Ateneo Popular, donde pudo acercarse al estudio de los clásicos (italianos, por supuesto), además de establecer fuertes vínculos con otros pintores de la bohemia boquense. También fue en estos ámbitos donde tuvo sus primeras exposiciones individuales, en 1929, pero debió esperar a cumplir casi 30 años para dedicarse de lleno a la pintura.

Cronológicamente, la exposición comienza en esta época, cuando Diomede todavía buscaba un estilo propio. Sorprende el retrato femenimo “Pensativa” (1934, colección MBQM), de carácter realista y construido con espesas capas de materia. A su lado se exhibe un autorretrato fechado en 1940 que parece hecho por otra persona: además de la síntesis alcanzada en la línea, que plantea con pocos elementos un rostro súper expresivo y potente, aquí la figura y el fondo son tratados de la misma manera y se funden en una unidad brumosa, casi fantasmal.

Sandía, óleo sobre cartón entelado, 27x34.Sandía, óleo sobre cartón entelado, 27×34.

Uno de los mitos alrededor de Diomede cuenta que el pintor se sentía especialmente inspirado durante los días de niebla. Tenía su estudio en Vuelta de Rocha, junto al de Victorica, y aunque era más de trabajar puertas adentro en bodegones y retratos, los paisajes portuarios de La Boca fueron también un punto de partida para sus investigaciones, tanto plásticas como atmosféricas.

En la sala pueden verse ejemplos notables de estas experimentaciones como “Riachuelo”, en el que las formas de las embarcaciones aparecen apenas sugeridas, atravesadas por la humedad.

La exposición, compuesta por casi 60 piezas, es generosa en presentar todos los géneros abordados por el artista: se incluyen varios retratos imperdibles, como los de sus hijas Asunción y Matilde, estudios de desnudos, paisajes serranos o boscosos y una serie de dibujos y bocetos que, acompañados de algunos objetos personales (una paleta, un par de pinceles, una espátula), intentan mostrar a un Diomede más humano.

Pero sin dudas lo más asombroso, conmovedor incluso, son esas naturalezas muertas con las que el pintor lleva su arte hacia los umbrales de la desmaterialización. En un diálogo constante con su adorado Cézanne, los objetos sencillos, las frutas y las flores aparecen y desaparecen en la insoportable levedad de una pintura aplicada en sutiles veladuras. En estas obras, siempre de pequeño formato, los fondos parecen incluso más importantes que las formas en primer plano, que se convierten en simples excusas de Diomede para aventurarse en la abstracción, cosa que por supuesto también logra.

  • Desmaterializar la pintura -Miguel Diomede
  • Lugar: MBQM, Av. Pedro de Mendoza 1835
  • Horario: mar a dom de 11.15 a 18
  • Fecha: hasta el 20 de octubre
  • Entrada: bono contribución $500